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Archivos de la categoría ‘Industrias diversas’

Publicamos hoy un intenso artículo de opinión sobre el inminente derribo de los silos de San Blas, en Alacant, escrito por el historiador y arqueólogo industrial Manuel Cerdà, miembro asimismo de nuestra asociación.
 

Parece ser que en los próximos días los silos de las harineras Magro en San Blas, en Alacant, va a seguir el mismo destino que la inmensa mayoría de los bienes que forman parte del patrimonio industrial: la desaparición. Ni siquiera quedará convertido en un montón de cascotes, sino en un solar impoluto en el que ningún vestigio atestiguará que, una vez allí, hubo una importante fábrica cuyo espacio podría haberse salvado como testimonio del respeto a las anteriores generaciones de alicantinos y tal vez destinarse para otros usos. La fábrica de harinas de Salvador Magro formaba parte de un pequeño conjunto industrial que empezó a configurarse en el barrio de Benalúa durante la primera mitad del siglo XX. La fábrica original era de madera, pero durante la guerra civil se incendió y posteriormente, en 1951, se rehizo con cemento. De esta fecha datan los silos que el próximo lunes serán derribados.

Hoy, 27 de mayo, frente al mismo, se ha convocado “al acto de su funeral [a] aquellos que no quieran permanecer con los brazos cruzados ante su demolición”. La concentración de despedida tiene un valor simbólico, pues no impedirá que la piqueta acabe con él, pero no es poco. La mayoría de los bienes son destruidos sin que nadie organice velatorio alguno en su memoria.

En la argumentación para su derribo se dice que su conservación “obligaba a desviar las líneas ferroviarias para que no tocaran los depósitos harineros” y que ello encarecería notablemente el proyecto de llegada del AVE a la ciudad de Alicante, retasando además sine die su puesta en funcionamiento. Y de todos es sabido la perentoria necesidad de tal proyecto, pues al día siguiente Alacant dejará de tener paro, mejorará sus servicios y sus ciudadanos atarán los perros con longanizas. Nada ha de detener el ¿progreso?

Hace unos años, en mi pueblo, Muro, se desvió la autovía para respetar la ermita consagrada a san Antonio Abad, del siglo XVIII, resultado de la modificación de otra anterior, del siglo XIV, de la que apenas queda parte de su estructura. Ligeramente, pero se desvió. El edificio carece de interés arquitectónico y artístico, pero la ermita de Sant Antoni, como es conocida localmente, goza de una gran estima entre los mureros y tiene una gran carga simbólica. No tuvo el ayuntamiento, en cambio, empacho alguno a principios del presente siglo en desmontar toda la verja de sillares que rodeaba una fábrica de papel de 1919 y destinar estos a la construcción de una especie de castillo-palacio para las fiestas de Moros y Cristianos de la localidad, con el fin de que pareciese antiguo. La propuesta partió del propio arquitecto de la obra.

Ninguna protesta, ni siquiera crítica alguna, acompañó la decisión, lo que pone en evidencia el enorme desinterés social existente hacia los restos industriales. Socialmente éstos no se valoran apenas. La indiferencia hacia los restos industriales es algo común, la gente no siente el mismo respeto hacia unos bienes que le resultan demasiado cotidianos, que siempre han estado ahí y que, poco a poco, han ido perdiendo su función porque los procesos de producción han ido quedando obsoletos o porque los gustos de los consumidores han cambiado y la demanda es insuficiente para hacer viable su continuidad, unos bienes que han ido integrándose en un paisaje cada vez más urbanizado y que, de pronto, han adquirido un valor económico inusitado como solares.

La evidencia muestra que el patrimonio que goza de mayor protección es aquel que socialmente tiene mayor consideración. Si no, ¿cómo se explica que en Muro se desviara la autovía para preservar la ermita de Sant Antoni? Por intercesión del santo les aseguro que no fue, pero el pueblo sentía aquel espacio como algo suyo, lo apreciaba. Si algo no es apreciado difícilmente podrá salvarse. Un hijo, un familiar, un amigo que sufra una desgracia nos conmueve, pero todos los días desgracias peores suceden en el eufemísticamente llamado Tercer Mundo, pero no les suceden a los nuestros, y obviamente no podemos apreciarlos por igual.

El primer paso para conseguir que el patrimonio industrial sea valorado en su justa medida y, en consecuencia, protegido y conservado es, a nuestro juicio, el reconocimiento social de su significación e importancia. Como señala la Ley de Patrimonio Histórico Español (LPHE) en su Preámbulo, el valor del patrimonio “lo proporciona la estima que, como elemento de identidad cultural, merece a la sensibilidad de los ciudadanos. Porque los bienes que lo integran se han convertido en patrimoniales debido exclusivamente a la acción social que cumplen, directamente derivada del aprecio con que los mismos ciudadanos los han ido revalorizando”.

¿Cómo conseguir esa estima hacia el patrimonio industrial? La Administración es la responsable en materia de patrimonio, es quien lo gestiona, pero no es ella quien, de forma arbitraria, define qué es patrimonio, sino que las definiciones que aparecen al respecto tanto en la LPHE como en las demás leyes sobre patrimonio cultural, incluida la nuestra, se redactan en función de unos criterios ajenos a la propia Administración y que son el resultado de un largo proceso de investigación, reflexión y teorización sobre qué es patrimonio, que hay que conservar y cómo, de qué manera proteger y restaurar lo que se conserva, etc. ¿Puede alguien creer que el patrimonio arqueológico tendría la protección de que goza en el conjunto de la legislación sobre patrimonio si antes la arqueología no se hubiera desarrollado científicamente, se hubiera dotado de un adecuado aparato conceptual y desarrollado unas técnicas de trabajo precisas que han permitido, cada vez más y con más medios, obtener unos conocimientos sobre la vida en un pasado remoto?

El patrimonio industrial, en cambio, carece de esta base. A las universidades se la trae al pairo y a sus profesores aún más. Las cosas están bien como están, no hay que tocarlas. Ya hemos delimitado nuestras competencias: para los arqueólogos el estudio de las sociedades hasta la Edad Media, para los historiadores de aquí en adelante. No mareemos la perdiz, que a estas alturas empezar uno a reciclarse da mucha pereza. Para los primeros las fuentes de conocimiento arqueológicas, para los segundos las escritas. Los restos materiales, pues, de las épocas moderna y contemporánea para quien las quiera. Para los historiadores del arte, por ejemplo, o de la arquitectura. Y, así, si un edificio carece de interés arquitectónico o artístico, pues ¿para qué lo queremos? ¿Qué más da la historia depositada en él? No tiene importancia. Lo dicen los propios historiadores, con su práctica.

Falto, pues, del más mínimo respeto desde las instancias académicas y sin consideración social alguna, la pervivencia de los testimonios industriales de nuestro pasado más próximo es más bien una quimera. Existe ciertamente un buen grado de conciencia entre diversos profesionales o ciudadanos que, por las razones que sean, entienden que el pasado es algo más que los historiadores nos cuentan. Pero en absoluto hay una conciencia colectiva. Ese es el drama.

Así las cosas, cuando llega el momento ─como es el caso que nos ocupa─ de asistir a la desaparición física de lo que algunos consideramos un bien relevante de ese pasado industrial somos lógicamente incapaces de conseguir una movilización lo suficientemente amplia que haga retractarse a las lumbreras que tan claro tienen nuestro futuro. Entonces los políticos se posicionan. Pero, no nos engañemos, todas las formaciones políticas del ámbito parlamentario valenciano carecen de programa para el patrimonio industrial. Eso no da votos. Así, mientras Esquerra Unida en Alacant exige la paralización de la orden de derribo, fruto de un “vergonzoso acuerdo” entre el Consistorio y el Ministerio de Fomento, y pide su protección, la misma formación en Alcoi no ha hecho nada por impedir la ruina completa del que sin duda era uno de los patrimonios industriales más ricos de España. Nada.

Mientras el patrimonio industrial no sea valorado con unos criterios bien definidos y no se reduzca el término a las producciones fabriles o arquitectónicas más relevantes desde el punto de vista estético, admitiéndose al mismo tiempo que todos los restos materiales de la sociedad industrial-capitalista ciertamente no tienen por qué conservarse pero sí estudiarse, difícilmente se podrá preservar de una manera adecuada bienes que sean representativos de toda la cultura material del período. Es una tarea en la que necesariamente hay que implicar a muchas más instancias ─las académicas especialmente─, en la definición de qué es patrimonio industrial, qué hay que hacer con él, qué preservar y qué no. Han de adoptarse criterios uniformes para poder plantear una política clara a la Administración sobre él. Mientras, si no, tendremos que contentarnos con organizar más funerales en vez de celebrar fiestas por la recuperación de los bienes enfermos de desidia.

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Noticia de Las Provincias del 26/05/2011:

Colectivos culturales y políticos reclaman la conservación de esta construcción que forma parte de la arqueología industrial de la ciudad

La comisión técnica del soterramiento considera que conservarlos obligaría a paralizar las obras del AVE

Silos de las Harineras Magro, situados en suelo del soterramiento, que serán derribados. :: DANI MADRIGAL

La decisión está tomada: los silos de las harineras Magro en San Blas serán derribados partir del lunes. Tres días después de las elecciones del 22-M, fecha que se estableció como referencia para adoptar una decisión respecto a la conservación o no de esta construcción, la comisión técnica de seguimiento de las obras del soterramiento, integrada por el gerente de Urbanismo el director general de Transportes, Enrique Sanus y Vicente Dómine, junto con los técnicos de las obras, de Adif y Avan, estimaron ayer que la conservación de los silos supondría la paralización de esta actuación y el retraso en la llegada del AVE a Alicante.
Sanus indicó que la comisión técnica de Avant estudió ayer la viabilidad de la conservación de los silos, pero que dado el estado de esta construcción había que redactar un proyecto de consolidación y adecuación a las normativas sísmicas actuales, para el que actualmente no hay consignación presupuestaria.
Además, señaló que este proyecto de conservación supondría la expropiación de los terrenos del entorno de los silos, y abrir un plazo para licitar las obras y buscar la financiación necesaria para llevarlo a cabo. Una media que conllevaría la modificación del proyecto del soterramiento y la paralización ‘sine die’ de las obras del soterramiento, lo que repercutirá en un considerable retraso del soterramiento y de la llegada del AVE a la ciudad.
Por todo ello, la comisión de seguimiento ha decidido que, dado el alto coste económico de la conservación de los silos de San Blas, y la repercusión negativa que tendría en el desarrollo del soterramiento, que se derriben tal como estaba previsto inicialmente.
Esta decisión echa por tierra las esperanzas puestas por los colectivos ciudadanos y conservacionistas que reclaman el mantenimiento de estos silos como un legado del pasado industrial de la ciudad. Rubén Bodewig, miembro de la asociación cultural Alicante Vivo mostró ayer su rechazo a esta medida que calificó de «tragedia urbana» y aseguró que con ello se pierde la oportunidad de conservar esta construcción.
Por ello, culpó a Adif de no respetar el patrimonio de la ciudad y al Ayuntamiento de no haber sabido defender ante el Ministerio de Fomento el mantenimiento de los silos, y refirió que «dentro de veinte años se verá como se ha cometido un verdadero error». Miguel Ángel Pavón, edil electo de Esquerra Unida también criticó esta medida y recordó que han pedido la intervención de la Conselleria de Cultura para que defienda la conservación de los silos que inicialmente el Ayuntamiento los catalogó como protegibles.
También Tomàs Mestre, miembro de la formación política Compromís, instó al Ayuntamiento y la Generalitat a salvar los silos y que se destinen como sede en Alicante del IVAM.

LAS REACCIONES

RUBÉN BODEWIGASOCIACIÓN ALICANTE VIVO
« Es una tragedia urbana pues se pierde un legado importante del pasado industrial de la ciudad»
TOMÀS MESTRECOMPROMÍS
«El Ayuntamiento debe defender los silos y destinarlos como sede en Alicante del IVAM»
MIGUEL ÁNGEL PAVÓNESQUERRA UNIDA
«Cultura debe intervenir e impedir el derribo de los silos porque son elementos protegibles»
También se puede consultar esta misma noticia en el diario Información.

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Otra buena noticia relacionada con el patrimonio industrial de la comarca de L’Alcoià (en Información):

Proyecto singular en L’Orxa. El Ayuntamiento de L’Orxa ha puesto en marcha un proyecto que persigue la transformación de la antigua papelera Raduán en museo y centro de investigación de las energías renovables, en el marco de un polígono industrial destinado a empresas que cumplan estrictos requisitos medioambientales.

MIGUEL VILAPLANA Como si de un ave fénix se tratara, L’Orxa aprovechará la antigua fábrica papelera Raduán para resurgir a nivel industrial. La que fuera principal fuente de empleo e ingresos para los habitantes de este municipio de El Comtat, se convertirá ahora en el punto neurálgico de un interesante proyecto que se espera pueda potenciar la actividad económica de la población.
El Ayuntamiento, con el apoyo del Ministerio de Industria y el Consell, está a punto de poner en marcha un parque empresarial en los terrenos que en su momento fueron ocupados por la factoría papelera, en lo que se configura como un proyecto pionero que aúna la innovación empresarial y el fomento de las actividades industriales, con el uso y divulgación de las energía renovables, la sostenibilidad y la conservación de elementos patrimoniales y paisajísticos de gran valor. Todo ello en un contexto de ruralidad, constituyendo un ejemplo paradigmático para los pequeños municipios que buscan nuevas alternativas para el desarrollo social y económico, sin menoscabo de su patrimonio e identidad.
Así lo señalaba el alcalde, Guillermo Moratal, quien añadía que la primera fase, presupuestada en 1,2 millones de euros, ya ha concluido con la construcción de un polígono de 10.000 metros cuadrados en el que se ubicarán empresas que empleen energías renovables y cumplan las más estrictas normas medioambientales a nivel de tratamiento de aguas, construcción y reciclaje de los residuos. El Ministerio de Industria ha aportado el 85% de los fondos y el Sepiva el 15%.
Moratal explicó que se trata de un proyecto de ecología industrial que incorpora los patrones cíclicos de los ecosistemas naturales. “Los complejos de producción -señala- estarán interconectados para que los subproductos y excedentes de unos sirvan de materia prima y de fuente de energía para otros. Este hecho imprime al parque empresarial un carácter innovador y ecológico, que se refuerza por un diseño de naves basado en la arquitectura sostenible”.
El parque empresarial en cuestión ha quedado ubicado en las parcelas resultantes de la demolición de las naves de menor valor arquitectónico de la papelera. Los terrenos ya han salido a licitación, por lo que las empresas interesadas ya pueden optar a las mismas. Según explicó Moratal, se confía en que haya suficiente demanda para ocupar las parcelas, por lo que el Ayuntamiento ya trabaja en otro proyecto consistente en la ampliación del polígono de Les Deveses.
Paralelamente se está procediendo a la construcción de un centro de interpretación de las energías renovables, que servirá de información a los visitantes y de oficinas a las empresas. La inversión en este sentido asciende a los 100.000 euros, procedentes del programa Ruralter Leader.
La segunda fase, en este caso financiada con fondos europeos y autonómicos del mismo programa, prevé el acondicionamiento y recuperación de la histórica nave de la fábrica Raduán, que se ha respetado, como centro de investigación y demostración de energías renovables y museo de la memoria industrial de la comarca. Para ello se ha firmado un convenio con el Campus de Alcoy de la Universidad Politécnica de Valencia, y se aprovecharán las infraestructuras industriales que se han conservado, como los depósitos de pasta de papel o el salto de agua que generaba energía eléctrica para la fábrica.

Una firma que daba empleo a 200 personas
La empresa Raduán era la principal fuente económica de L’Orxa, hasta el punto que en su momento llegó a generar más de 200 empleos, entre los 170 que estaban en la propia fábrica y los talleres que trabajaban para ella.
La firma entró poco a poco en declive, hasta que en 2000 cerró sus puertas y dejó sin trabajo a la mitad de los habitantes del municipio, provocando un proceso de desertización económica. El alcalde, Guillermo Moratal, recuerda que “L’Orxa llegó a tener más de mil habitantes, y en la actualidad estamos en 750. El cierre de Raduán fue un durísimo golpe para el municipio”.
De ahí el carácter ejemplar del proyecto del parque empresarial, el museo y el centro de investigación y renovación de las energías renovables, y su percepción como revulsivo contra la crisis.
Moratal resaltó que, aparte de los empleos que puedan generar las empresas que allí se ubiquen, “el museo y el centro de investigación conecta con los elementos patrimoniales y paisajísticos de la zona y le confiere a su vez un papel didáctico, turístico y divulgativo”.

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Noticia del diario Información:

Un proyecto enmarcado dentro del Plan Confianza y que tiene un plazo de ejecución de 4 meses

M. VICEDO El Ayuntamiento de Ibi ha adjudicado la rehabilitación de la antigua fábrica Payá a la UTE Estudios Métodos de la Restauración S.L. por un importe de 381.526 euros. Un proyecto enmarcado dentro del Plan Confianza y que tiene un plazo de ejecución de 4 meses. Cuando culmine el trabajo, estas dependencias acogerán el Museu Valencià del Joguet y el de la Biodiversidad.
Ayer jueves el Consistorio ibense formalizó el contrato de ejecución de las obras de rehabilitación de la antigua fábrica Payá que han sido adjudicadas a la UTE Estudio Método de la Restauración S.L. Está previsto que una vez se firme el acta de comprobación se inicien las obras que tendrán un plazo de cuatro meses, según indican fuentes municipales. Todo un periodo en el que los operarios trabajarán para rehabilitar estas dependencias que después serán la sede del Museu Valencià del Joguet y del Museo de la Biodiversidad. Además “también quedará habilitada para que se puedan visitar las salas con la maquinaria antigua”, según las citadas fuentes.

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Aunque somos conscientes de que el artículo que reproducimos a continuación -aparecido hoy en el diario Las Provincias- no está directamente relacionado con la arqueología ni el  patrimonio industrial, sino que habla de época preindustrial, consideramos que presenta un gran interés desde el punto de vista histórico y antropológico, por lo que hemos querido hacernos eco del mismo:

Una antropóloga francesa reúne en un libro juguetes que los niños fabricaban con materiales brindados por la naturaleza con anterioridad a la llegada de la juguetería industrial

Al principio era una flor, pongamos una de las amapolas que incendian con su vivo color rojo los campos de cereales cuando el tiempo se calienta lo bastante para hacer que las espigas se asomen. Basta con dar la vuelta a sus pétalos y anudarlos por medio de un hilo o una hierba para tener una delicada muñeca con su cintura y sus brazos. Tan simple ejercicio fue durante siglos uno de los entretenimientos preferidos de los niños de media Europa. Lo cuenta la antropóloga francesa Christine Armengaud, que ha escrito un libro en el que recupera algunos de los juguetes que se fabricaban con ayuda de los materiales que brinda la naturaleza. Son útiles de vida efímera que tienen la belleza de las cosas sencillas, pero que han desaparecido no ya sólo del mundo material sino incluso de buena parte de la memoria colectiva.
La antropóloga logró rescatar ese patrimonio gracias a un paciente trabajo de investigación que le llevó a recabar durante el siglo pasado centenares de testimonios de personas mayores criadas en entornos rurales. «Los museos del juguete -explica Armengaud- se limitan a exponer piezas codiciadas por los coleccionistas, como juguetes de marca, muñecas de porcelana o máquinas de tren contribuyendo a perpetuar una visión urbana de los niños de otro tiempo. Los chicos que vivían en el campo son ninguneados al no tenerse en cuenta sus innumerables juguetes, difíciles de datar, no cotizados y a menudo efímeros, y que por lo tanto no se pueden guardar en vitrinas».
Es en la naturaleza donde tienen su origen la mayor parte de los juguetes previos a la aparición a finales del siglo XIX de la industria juguetera. Plantas y animales proporcionan un sinfín de materiales susceptibles de ser transformados en instrumentos de diversión infantil. Por el libro desfilan barcos fabricados con hojas de caña o cortezas de pino, muñecas hechas con flores o ramas, arcos y lanzas de madera, flautas y silbatos de hueso o caña… No faltan, claro está, los clásicos tirachinas (los de madera de boj son los más rígidos), los sombreros y cestos construidos con fibras vegetales o incluso unas curiosas jeringas de agua elaboradas con cañas huecas de bambú o ramas de saúco. Hasta 250 objetos se pasean por las páginas de la publicación, que expone con todo lujo de detalles su pequeña historia y la forma de fabricarlos.
La muñeca del abuelo
Los juguetes recopilados por la antropóloga son espectros de una realidad que fue barrida por la industrialización como si se tratara de frágiles semillas de diente de león expuestas a un vendaval. «Durante siglos e incluso durante milenios -cuenta la autora- estos modestos juguetes y sus secretos de confección iban pasando de generación en generación por tradición oral. Cada año, cuando llegaba la primavera, las niñas realizaban bolas de prímulas y los chicos, silbatos de cortezas. Después, el ciclo natural de las plantas les proporcionaba una sucesión ininterrumpida de entretenimiento renovado y gratuito para crear juguetes. El éxodo rural y la industrialización cambiaron las tornas de tal forma que los juguetes ancestrales y sin valor comercial se asimilaron a los de los pobres, los de los míseros campesinos, y había por tanto que olvidarlos».

Las piñas son el punto de partida para esta ingeniosa colección que haría las delicias de un ornitólogo.

La edad de oro del juguete se vivió en Europa en la transición entre los siglos XIX y XX. La combinación de mano de obra barata y producción mecanizada puso por primera vez al alcance de una gran parte de la sociedad un tipo de juguete que sólo se podía encontrar en las tiendas por su complejidad o los materiales utilizados en su fabricación. «No eran demasiado caros, pero para las familias más modestas no siempre eran accesibles», cuenta Christine Armengaud, que recuerda que la juguetería industrial abrió además un debate que iba más allá del capítulo estrictamente económico: «En aquel entonces se empezó a plantear si era o no necesario hacer regalos a los niños, sobre todo cuando se trataba de objetos adquiridos. Los obsequios infantiles sólo llegaron a cobrar carta de naturaleza al término de la Segunda Guerra Mundial».
Es la imaginación infantil la que permite que una rama de arce pase a ser un muñeco haciendo en la corteza unas simples incisiones a la altura de los ojos y de la boca. Una de las historias que recopiló Armengoud ilustra hasta qué punto es cierta esa afirmación. Cuenta que una mujer mayor le explicó que su abuelo, que era ebanista, solía hacerle unas muñecas recortando una silueta de una plancha de madera. Aquellas sencillas plantillas eran su juguete favorito y hacía con ellas lo que las niñas de todas las épocas han hecho con sus muñecas: alimentarlas, dormir juntas e incluso reñirlas emulando lo que su madre solía hacer con ella. Un día el abuelo decidió sorprender a su nieta y pensó en dar forma a una muñeca en tres dimensiones a partir de un tronco. Talló la cintura, estrechó el cuello, esculpió la cabeza, le añadió dos brazos y luego la pintó para infundirle mayor sensación de realidad. Para su decepción, la niña arrinconó el obsequio a las primeras de cambio y siguió jugando con sus antiguas ‘amigas’. Su imaginación infantil suplía con creces las carencias de sus rudimentarias plantillas.
En los juguetes recopilados subyace también una conciencia ecológica que tiene que ver con el descubrimiento de todo lo que la naturaleza puede poner al alcan ce de los niños en unos tiempos en los que la mayor parte de ellos -y de sus padres- son incapaces de distinguir un arce de un roble.

Dando la vuelta a los pétalos de las amapolas y anudando un hilo surgen unas delicadas muñecas.

Una berenjena, una calabaza, un nabo o una zanahoria pueden pasar a ser un buey, una sopera o un ratón.

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